Era media tarde, salía de mis actividades diarias y decidí caminar esperando el bus caminando en sentido contrario a mi destino, un poco con la excusa de avanzar a la demás gente que esperaba junto a mí pero en realidad es que simplemente quería caminar, sin motivo ni sentido. Un par de cuadras adelante vi a una joven mujer que me era familiar, de esas personas que te cruzas siempre en la universidad o el trabajo o el barrio, que no sabes quién es ni nada de ella, pero que la simple cortesía del contrato social te hace saludar con un gesto ligeramente impersonal, y se vuelve un gesto mutuo una que otra vez de esas que se cruzan; éste no fue el caso.
Casi cuando estaba a su lado vi que estaba llorando. Sola, desconsolada, me vio y ya no podía evitar pasar a su lado, estaba completamente vulnerable allí en medio de la calle y era tal su indefensión que ni siquiera trató de ocultar su tristeza. Creo que esa misma humildad me mizo vulnerable a mi mismo en ese momento; no supe que hacer, solo sabía que mis propios pies me habían llevado allí, que ella estaba mal y yo me sentía mal por estar vulnerando su intimidad.
No saludé, solo me acerqué lentamente y le ofrecí mi pañuelo, mi pañuelo de tela del cual ya más de uno se ha burlado porque parece que hace mucho solo los abuelitos los usan. Lo tomó con una mano trémula y la otra abrazada a su cuerpo helado y dolorido; miró el pañuelo y todo el diluvio contenido de sus males se desbordó, lo que sea que eso fuera. La abracé y dejé que llorara, mientras ella lloraba en mi hombro la fui conduciendo hacia una banca cercana; no se detenía, era un llanto constante e intenso, que mantenía la corriente de dolores que querían salir. Yo no sabía cómo sentirme ni qué más hacer, pero estaba seguro que al menos debía seguir allí, al fin y al cabo esto era mucho más importante que casi cualquier cosa que me estuviera esperando, pero deseaba saber qué más hacer, qué decir...
Allí estaba yo estatua y esponja absorbente en mi hombro. En algún lugar lejano estaba ella, que solo estaba presente en sus brazos que se aferraban a un desconocido y sus lágrimas que iban dando tregua lentamente aunque sin misericordia.
Cuando ya la tarde era noche, la joven se recuperó un poco, sus ojos estaban hinchados y empequeñecidos, sus manos estaban heladas y agarrotadas con el pañuelo, su pelo era un desorden con olor a mar de otoño, su boca estaba entumecida en un rictus de dolor. miró el pañuelo y se lo pasó por los pómulos, estaba tan mojado que al verlo así me miró, sentí su vergüenza por lo mojado y por primera vez me miró y empezamos a reír a carcajadas. Hoy tantos años después que lo vuelvo a recordar creo que entiendo que ella sintió más vergüenza del pañuelo mojado y arrugado que de cómo pudiera verse ella misma; no sé porque a mi también me dio el ataque de risa pero eso no importó nunca, pareció lo más apropiado y natural.
Allí estábamos los dos, de nuevo pasaron los minutos sin que importara nada más. En algún momento ella me devolvió el pañuelo y yo lo guardé en mi chaqueta. ella me abrazó de nuevo y yo la abracé para darle algo de calor. Nunca me había fijado que ella era notoriamente más alta que yo pero al abrazarla lo sentí, y ridículamente de nuevo me sentí como si yo fuera el vulnerable en esa situación.
Sin preguntarle nada le puse mi chaqueta sobre los hombros, la tomé de la mano y le ofrecí mi brazo; en una cafetería cercana la vi recuperar el calor, el color y el aliento bajo el vapor de un café con leche caliente.
Ya empezaba a hacerse tarde cuando salimos, solo le pregunté si se sentía mejor, apretó los labios un poco y afirmó con la cabeza un momento antes de abrazarme, la dejé en su bus y yo tomé mi camino.
Al día siguiente nos encontramos como si hubiéramos acordado una cita, cuando me vio entrar sonrió bajando la mirada, me acerqué e instintivamente le di un abrazo, ella lo respondió de manera muy calurosa, nos sentamos el uno frente al otro, un poco de nuevo como antes, sin nada que decir y con la cortesía del contrato social de por medio; sin embargo esta vez el hielo había quedado roto de una manera muy íntima y fuerte, la conversación empezó a fluir naturalmente y me contó cómo se sintió y lo que hizo desde la noche anterior, eso me hizo sentir mejor y yo también le conté lo mío. Fue extraño y agradable, hablamos con la familiaridad de quién ya entiende la rutina en el otro y solo le bastan unas pocas palabras para armar toda el contexto, la escena y los eventos en su propia mente.
Puede sonar tonto, pero antes de esa tarde no sabía su nombre y hasta ese momento seguía sin saberlo; incluso ahora dedicándole un buen rato de mi memoria no he conseguido recordar su nombre, sin embargo eso sigue sin importar porque en mi memoria quedan sus ojos oscuros, pequeños y enrojecidos por un casi infinito dolor que compartió conmigo y que quedó anclado en un pañuelo de tela que en el momento en que abandono esta memoria, estaba secándose al tibio sol de la mañana.
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