No conoceré el miedo.
El miedo mata la mente.
El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total.
Afrontaré mi miedo.
Permitiré que pase sobre mí y a través de mí.
Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino.
Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada.
Sólo estaré yo.
(esto no es mío es de “Duna” de Frank Herbert; de lo más hermoso e interesante que he leído en años; que sea un regalo para el que quiera tomarlo)
El odio es santo. Es la indignación de los corazones fuertes y vigorosos, el desprecio militante de aquellos a quienes enojan la mediocridad y la estupidez. Odiar es amar, es sentir el alma caliente y generosa, es vivir en gran medida del desprecio por las cosas vergonzosas y tontas.
ResponderEliminarEl odio alivia, el odio hace justicia, el odio engrandece. Me sentí más joven y más valiente después de cada una de mis rebeliones contra las vilezas de mi época. He hecho del odio y del orgullo mis dos huéspedes; me he aislado, y, en mi aislamiento, me he puesto a odiar lo que hería lo justo y lo verdadero. Si hoy valgo algo, lo debo a que estoy solo y odio.
Odio a los nulos y a los impotentes; me molestan. Han quemado mi sangre y roto mis nervios. No conozco nada más irritante que esos brutos que se contonean como ocas con los ojos redondos y las bocas abiertas. No he conseguido dar dos pasos en mi vida sin encontrar a tres imbéciles, y por eso estoy triste. El gran camino de la vida está lleno de ellos, las multitudes están hechas de tontos que nos detienen al paso para babosearnos en la cara su mediocridad. Andan, hablan, y toda su persona, todos sus ademanes y su voz me hieren a tal punto que prefiero, como Stendhal, un malvado a un cretino. Me pregunto, ¿qué podemos hacer de tales gentes?