Lecciones para aprehender que si vale la pena aprender a valerse por si mismo y revisar las prioridades del presente.
este es un homenaje respetuoso a Oscar, el gordo.
Es mi compañero de cuarto, llegó hace un mes escaso y no nos conocíamos. 24 años, un hijo de 6 años, un divorcio, medicina e ingeniería industrial iniciadas, inteligente pero muy disperso, una joven novia en Colombia, un alma bonita, muy atormentado por sí mismo, supremamente gracioso y sagaz cuando lo decide y el gran peso de haber iniciado esta nueva vida tan lejos de lo que creía que era el mundo real.
Como es lógico al compartir un lugar, uno de los compromisos es hacerse cargo de las propias cosas y colaborar con el aseo general, orden y esas cosas; cuando llegó el momento del gordo de lavar el baño nos confesó con un poco de timidez pero con asertividad que nunca en su vida había lavado un baño, y sucesivamente ha añadido que tampoco había escurrido un trapero, o usado una lavadora ni secadora, ni cocinado un huevo, o cocinado una pasta, o aspirado y desocupado la bolsa de la aspiradora, o planchado… en fin. Hemos ido enseñándole todo con mi amigo, el que tiene el apartamento en el que vivo. Ha sido un proceso bien interesante, cada cosa que hacemos es nueva para él y para nosotros algo de todos los días porque somos personas que vivimos solos durante muchos años. Ver el entusiasmo y determinación que le imprime a cada tarea es algo gratificante; el hombre no sabía hacer nada y lo está aprendiendo todo. Pienso un poco como si el gordo acaba de nacer ahora a sus 24 años y justo en otra tierra.
A veces se necesita de algo tan radical como esto para darnos cuenta de nosotros mismos, de lo que somos, de lo que importa ser y saber y de lo que queremos de nosotros mismos. Verlo preguntar, poner atención y tomar notas a cosas tan sencillas como la proporción del blanqueador en el platón de ropa blanca; en si añadir o no comino a la mezcla para los tomates rellenos; en el orden más sensato para planchar bien una camisa…, es algo que veo de él y me merece admiración notar el genuino interés y entusiasmo con el que asume el reto de aprender estas tareas; sin soberbia o humillación alguna por no haberlo hecho nunca ni haber tenido la necesidad de ello, y con el regocijo y orgullo de decirle a sus padres e hijo o novia que fue lo que aprendió a hacer ése día.
Para mi ser felices consiste precisamente en eso que ahora hace él: en hacer de cada pequeño logro una gran victoria gozando cada momento, porque ahora él sabe hacer una pasta y un postre, porque el huevo tibio le queda en el punto exacto en que a él y a mi nos gusta, porque con entusiasmo y dedicación asume el aseo en el día que le corresponde y colabora de la mejor manera posible; porque desde ya me da curiosidad de leer sus apuntes sobre las recetas que ha ido aprendiendo y esta vez, ser yo el que aprenda de él.
Él mismo ya no se reconoce del que arribó; él mismo dice que tiene mucho que aprender y sufrir (con eso si no estoy de acuerdo), no sé si es mejor o peor que es más fácil para él aprender todas las tareas de un hombre de hoy, que a arreglar los problemas diarios con su amada ya que se hacen la vida bastante difícil para ambos con tanta distancia.
Diría de él que ya recorre el camino sin saber cuál es, pero así se empieza a crecer con un propósito, para tener la voluntad de recorrer el camino sin importar la meta porque el camino mismo es una meta a cada nuevo paso y el agua tibia es nueva porque la has descubierto tú mismo y lo que puedes hacer con ella.