domingo, 30 de agosto de 2009
el pañuelo de tela
Casi cuando estaba a su lado vi que estaba llorando. Sola, desconsolada, me vio y ya no podía evitar pasar a su lado, estaba completamente vulnerable allí en medio de la calle y era tal su indefensión que ni siquiera trató de ocultar su tristeza. Creo que esa misma humildad me mizo vulnerable a mi mismo en ese momento; no supe que hacer, solo sabía que mis propios pies me habían llevado allí, que ella estaba mal y yo me sentía mal por estar vulnerando su intimidad.
No saludé, solo me acerqué lentamente y le ofrecí mi pañuelo, mi pañuelo de tela del cual ya más de uno se ha burlado porque parece que hace mucho solo los abuelitos los usan. Lo tomó con una mano trémula y la otra abrazada a su cuerpo helado y dolorido; miró el pañuelo y todo el diluvio contenido de sus males se desbordó, lo que sea que eso fuera. La abracé y dejé que llorara, mientras ella lloraba en mi hombro la fui conduciendo hacia una banca cercana; no se detenía, era un llanto constante e intenso, que mantenía la corriente de dolores que querían salir. Yo no sabía cómo sentirme ni qué más hacer, pero estaba seguro que al menos debía seguir allí, al fin y al cabo esto era mucho más importante que casi cualquier cosa que me estuviera esperando, pero deseaba saber qué más hacer, qué decir...
Allí estaba yo estatua y esponja absorbente en mi hombro. En algún lugar lejano estaba ella, que solo estaba presente en sus brazos que se aferraban a un desconocido y sus lágrimas que iban dando tregua lentamente aunque sin misericordia.
Cuando ya la tarde era noche, la joven se recuperó un poco, sus ojos estaban hinchados y empequeñecidos, sus manos estaban heladas y agarrotadas con el pañuelo, su pelo era un desorden con olor a mar de otoño, su boca estaba entumecida en un rictus de dolor. miró el pañuelo y se lo pasó por los pómulos, estaba tan mojado que al verlo así me miró, sentí su vergüenza por lo mojado y por primera vez me miró y empezamos a reír a carcajadas. Hoy tantos años después que lo vuelvo a recordar creo que entiendo que ella sintió más vergüenza del pañuelo mojado y arrugado que de cómo pudiera verse ella misma; no sé porque a mi también me dio el ataque de risa pero eso no importó nunca, pareció lo más apropiado y natural.
Allí estábamos los dos, de nuevo pasaron los minutos sin que importara nada más. En algún momento ella me devolvió el pañuelo y yo lo guardé en mi chaqueta. ella me abrazó de nuevo y yo la abracé para darle algo de calor. Nunca me había fijado que ella era notoriamente más alta que yo pero al abrazarla lo sentí, y ridículamente de nuevo me sentí como si yo fuera el vulnerable en esa situación.
Sin preguntarle nada le puse mi chaqueta sobre los hombros, la tomé de la mano y le ofrecí mi brazo; en una cafetería cercana la vi recuperar el calor, el color y el aliento bajo el vapor de un café con leche caliente.
Ya empezaba a hacerse tarde cuando salimos, solo le pregunté si se sentía mejor, apretó los labios un poco y afirmó con la cabeza un momento antes de abrazarme, la dejé en su bus y yo tomé mi camino.
Al día siguiente nos encontramos como si hubiéramos acordado una cita, cuando me vio entrar sonrió bajando la mirada, me acerqué e instintivamente le di un abrazo, ella lo respondió de manera muy calurosa, nos sentamos el uno frente al otro, un poco de nuevo como antes, sin nada que decir y con la cortesía del contrato social de por medio; sin embargo esta vez el hielo había quedado roto de una manera muy íntima y fuerte, la conversación empezó a fluir naturalmente y me contó cómo se sintió y lo que hizo desde la noche anterior, eso me hizo sentir mejor y yo también le conté lo mío. Fue extraño y agradable, hablamos con la familiaridad de quién ya entiende la rutina en el otro y solo le bastan unas pocas palabras para armar toda el contexto, la escena y los eventos en su propia mente.
Puede sonar tonto, pero antes de esa tarde no sabía su nombre y hasta ese momento seguía sin saberlo; incluso ahora dedicándole un buen rato de mi memoria no he conseguido recordar su nombre, sin embargo eso sigue sin importar porque en mi memoria quedan sus ojos oscuros, pequeños y enrojecidos por un casi infinito dolor que compartió conmigo y que quedó anclado en un pañuelo de tela que en el momento en que abandono esta memoria, estaba secándose al tibio sol de la mañana.
jueves, 13 de agosto de 2009
Razones para ser Fredy Krueger o Jason (de martes 13)
Contrario a lo que el título supone no diré nada en contra de las suegras y las cosas que podrían hacerles estos personajes, porque a decir verdad me han tocado unas bastante buenas y agradables conmigo, incluida aquella que siempre pretendió que yo no le agradaba ni cinco y que no podía ni recordar mi nombre después de más de dos años de verme rondando por su casa.
Lo que tengo por contar es bien sencillo y es solo que hoy encontré una razón válida para aquello de sentirse uno como alguno de aquellos demoníacos maniáticos casi inmortales asesinos sicópatas de las películas de terror: Empuñar una moto sierra!
Ya sé que sonará “clichesudo” pero me divirtió usar hoy una moto sierra por primera vez; había usado una guadañadora y también me había divertido bastante en aquellos lejanos días de condena a un año de jugar al soldadito de plomo, al menos eso fue más sencillo e inocente que jugar al tiro al pato con munición real.
Lo de hoy fue jardinería. Tuve que ir a jardinear y limpiar (primer trabajito que me salió), limpiar la parte trasera de unos edificios de vivienda y eliminar rastrojo, arrancar unas muy largas y profundas malezas y enfrentarme por primera vez al terror que mis amigos quisieron imprimirme hablándome acerca de lo venenosas, mortales y comunes que son las arañas acá; aunque tienen razón, en este como en otros casos similares, es verdad parcial, como cuando alguien dice que se va a ir a Israel y todo el mundo se escandaliza pensando que le va a caer una bomba o un soldado solo al salir del aeropuerto.
A decir verdad si vi una araña grande, y patona, y bonita, y con colores oscuros brillantes; estaba tranquila en su telaraña entre un árbol y un matorral, tela grande y fuerte, tuve la precaución de preguntar si era venenosa o al menos peligrosa y me tranquilizaron así que puse manos al rastrojo.
Eso de jardinear puede que no tenga nada de interesante o emocionante; pero para comenzar estoy asumiendo todo acá como un renacer, después de todo ni las cucarachas son iguales acá (son gigantes y aterradoramente asquerosas), y si en Bogotá me embobaba viendo una “simple” Mirla de esas que se ven siempre en los parques de la ciudad o largos prados de la nacho; pues como no me voy a emocionar viendo acá Ibis, de esas que aparecen desde los más antiguos jeroglíficos (egipcios), y que ahora veo muy cerca de mi ventana desde lo más tierno de las mañanas hasta las frías tardes de este invierno austral. Tal vez luego haya algún comentario sobre las cacatúas, cuervos, golondrinas, gaviotas y demás.
Volviendo a lo de la jardineada, porque no puedo decir que jardinería, es agradable retomar un rato la actividad física más allá del doble clic de la digitación; Incluso las enredaderas eran tan gruesas que ahí fue cuando salió a relucir la tan ansiada moto sierra; hubo que usarla con frecuencia para poder abrir paso y cercenar todo lo posible para poder arrastrar y rastrillar y que cupiera en las canecas para basura de jardín.
Otra cosa bien curiosa fue que tuvimos que arrancar una gran cantidad de enredadera que subió hasta uno de los árboles por las ramas y que tenían la elasticidad y resistencia de las mejores lianas de Tarzán que hayan salido en película alguna, ni colgados haciendo fuerza entre dos podíamos arrancarlas, así que solo arrancamos lo que pudimos y me sentí un poco como destruyendo el patio de juegos de Tarzán Junior con la moto sierra a toda máquina… y me gustó.
Después de cinco horas de haber aserrado, rastrillado, arrancado, arrastrado, cortado, e incluso balanceado en bejucos de Tarzán debo decir que el balance fue bastante positivo: ya me sentí mejor habiendo hecho algo de trabajito útil como primer pinito y contacto, y lo mejor de todo es que me divertí haciéndolo, con todo y sierra y aunque no hubiera tenido ninguna suegra a rango.
miércoles, 12 de agosto de 2009
“on the air”
lunes, 10 de agosto de 2009
devorado por las nubes
Estaba en algún lugar lejano, supongo que por estas latitudes del sur por las tonalidades del cielo que se sentían más profundas, que se tintaban con colores salmón y violeta, que me mostraban unas estrellas aún ajenas a mí.
Estaba a campo abierto, como un terreno llano pero con unas colinas cercanas, sin embargo era más como una meseta porque estaba más cerca de los cielos, como aquella ahora lejana Bogotá.
A mi lado estaba alguna figura materna, pero diferente de mi madre o mi abuela. También había otras dos personas, un niño de unos 12 años, que me era familiar aunque no tan cercano, sé que había más gente pero ni idea de quién pudiera ser.
Súbitamente el cielo cambiaba de tonalidades y se armaba una alarma general; como una especie de revuelo de Armagedón, es exactamente lo que estaba sintiendo, que había llegado el fin de la película.
Todos corrían y hacían cosas para protegerse pero no logro saber qué era concretamente lo que hacían.
Yo sentía miedo especialmente por la gente que me importaba y no lograba encontrar en ese momento a mi lado.
Súbitamente me veía elevado sobre una nube, caminando en ella, de la mano del joven niño y de mi la figura materna, ambas aún anónimas para mi. Había más gente; era como si la nube llevara con ella el equivalente de una cuadra. Sin embargo yo seguía atento a los cielos, sentía angustia a cada nueva mirada que daba a las estrellas y los colores y patrones nuevos.
Caminé por la nube y sentí cómo realmente caminaba por ese espacio algodonoso. Ingrávido y lento.
De un momento a otro se cernió una bruma sobre la nube y junto con un mayor oscurecimiento del cielo y algún otro evento que no puedo definir, la nube empezó a cubrirlo todo, el niño que estaba a mi lado se acercó a tocarla, yo traté de advertirle pero cuando llegué a él y lo tomé de la mano, la nube hacía mucha más tracción que yo y terminó consumiéndolo, elevándolo, devorándolo, tuve que soltarlo y aferrarme al suelo algodonoso para que no me tragara y tratar de avanzar hasta la mujer, para advertirle y protegerla; pero al llegar a ella había alguien más con ella que ya lo estaba haciendo, sé que era alguien cercano a mi porque al saberlo me tranquilicé.
Ahora solo restaba rezar para que el Armagedón nos consumiera lo mejor posible, lo que sea que eso fuera, pero primero había que evitar que nos consumiera la nube.
ni una palabra
Paseantes recorren los pasillos en una rutina de festivo creada para despojarse de la rutina de la semana.
En un corredor cualquiera unas bancas sirven a algunos para huir del alboroto, otros descansan, esperan a sus acompañantes que salgan del baño, o buscan un lugar más apartado y tranquilo para una conversación; todos se confunden como la misma muchedumbre que son.
Allí está él. Cualquiera. Un hombre joven que se viste cómodo para descansar de su semana; pasan personas a su alrededor sin que nada pase, las mira sin mirarlas, sin atención y sin descuido.
Ella sale del baño, es joven, bonita, menuda, se la ve callada, tímida, con un halo distante en sus ojos que aumenta su encanto, se viste discreta pero agradable. Avanza en dirección a las bancas con actitud un poco contraída; un par de hombres la miran pasar; lenta, mirando ausente a lado y lado. Se detiene a medio paso del hombre en la banca, como si no vinieran juntos pero con cercanía, él levanta la mirada y la ve a los ojos, ella baja la mirada y se encuentran.
Solo un segundo.
Sin señales, sin parpadeos, sin gestos.
Ella vuelve a mirar a lado y lado.
El mete la cabeza entre las manos y suspira con desesperación contenida en un segundo eterno. Se levanta con una nueva carga sobre si y ambos toman el mismo camino, un camino que aún ninguno sabe a dónde va.
Y mi alma se llena de tristeza al haberlos espiado y descubrir su secreto, y desesperanza al suponer lo que sigue.
domingo, 2 de agosto de 2009
ay‘ombe! Ésa es la patria…
Me dicen que la atención es bastante deficiente, por no decir que mala (tal vez sea para que uno se sienta exactamente como en la patria), que una empanada que vale AUD$5 le da derecho a un casquito de lima o poquitico de ají, (si lo pide un par de veces), pero si se le ocurre pedir “otro poquito” o “pedacito”, la única alternativa es pedir otra empanada, ergo: otros AUD$5. Se consiguen desde caldo de costilla “ricostilla” hasta aguardiente y chocolisto y no imagino qué más, pero garantizado que hay todas esas cosas de las que uno verdaderamente se antoja sólo cuándo ha abandonado la patria.
Pero no es solo eso lo que me parece tan curioso del lugar. Creo que tendré que pasar en algún momento solo por conocerlo y tal vez antojarme de alguna carajada como el chocorramo.
Lo que me parece verdaderamente curioso es que además de que los precios son altos, son lo usualmente “ahorrativos” para que en su cocina, que ofrece desde una bandeja paisa, arepas, empanadas y otras delicias de la chibcocina, el chef que prepara semejantes criolladas… ES CHINO!. ¿Haría falta decir porqué?
Lo más cercano a “Colombian Food Made in China”
(¿¡ –cara de desconcierto- !?)