Mi abuelita murió hoy, 8 de febrero de 2010, al parecer en horas de la tarde hora colombiana.
A sus ochenta y tantos y marcapasos, después de ires y venires y estar por encima del bien y del mal y haber podido volver a su amada tierrita una vez más hace solo dos semanas, y que hace unos días que alcancé a hablar con ella. Hoy sufrió un ataque cardiaco.
En el momento que escribo esto aún desconozco los detalles. No importan ya. Importa que ella ya no estará más. Queda el saber que la última etapa de su vida fue la más feliz, que pienso que empezó en el momento del preinfarto que la llevó a la sala de operaciones.
Estoy al otro lado del mundo, quisiera estar allá con mi madre y mi familia, verla una vez más con su carita serena y dormida. Añorando para siempre jamás sus arepitas con queso y colaciones y su el abrazo bonito y torpe mientras me da la bendición que me dio el día anterior a mi viaje (como se ve en la foto).
Porque la única forma de hacer cualquier cosa bien, La única forma de hacer que tu vida importe, es vivir más y mejor. Ella lo logró.
Largo y lindo viaje mi viejita, te llevo conmigo.
(esto lo escribí hace ya como 8 años, estaba perdido entre mis archivos. Queda como el homenaje que merece quién volvió a vivir y vivió cada días más)
Mi cucha y yo
Por mi línea materna llevo en mi sangre el campo. De niño aprovechaba cualquier paseo posible con familia o amigos. Corria libremente por el campo explorando, aventurando, escarbando la tierra y tumbarme en el pasto comiendo una naranja recién arrancada mientras veía formas en las nubes.
Pero debo admitir que los tiempos cambian y así también las prioridades: felizmente soy un bicho de ciudad, extraño luego de cinco días el bullicio de la ciudad y el desespero del clima capitalino; también a los desesperantes vecinos con su música ruidosa y a los cinco cachorros poodle ladrando casi al unísono en un radio de 20 metros circundando mi apartamento; además de (y en especial) Internet y la televisión por cable.
Aún así y a pesar de circunstancias que no vale la pena recordar lo mal que la pasé las dos únicas veces que fui hace respectivamente 10 y 8 años, acepté ir a pasar año nuevo en compañía de mi peculiar y matriarcal familia en la finca de mi abuela materna en la punta de una montaña en donde no llega ni la señal del celular...
No quería atender a la cita familiar a pesar de querer ver a mi abuela hasta que una amiga me dijo unas palabras que lograron superar los intentos de mis tías y hasta los de mi madre para que volviera a la tierrita. Luego de contarle la verdad acerca de mi descontento; asintió dándome la razón y simplemente agregó con su característica sonrisa afable y convincente de que el mundo si es bueno “mira, es la oportunidad para que Icononzo se reivindique contigo”. Llamé desde su casa a mi tía para concretar los detalles del viaje. Ahora me encuentro a tres pasos de abrazar a mi cucha, que obviamente no esperaba mi llegada; clamando por una aspirina que me quite este guayabo temprano (que ya sabrán de donde viene) y meterme de cabeza en un tanque de agua que no me gustaría saber lo que alberga en el fondo desde hace años.
La odisea para llegar acá comenzó por tomar una flota a muy tempranas horas de la mañana en una estación en plena autopista a las afueras de la ciudad, soportando un viaje lleno de vendedores que ofrecen desde maní de sal y de dulce hasta finísimas chaquetas en cuero; pasamos luego a los pasajeros desconocedores del aseo diario, gallinas con otros hábitos aún peores que los de sus futuros consumidores. Todo esto dentro de un bus que parece un juguete gigante de suspensión saltarina con la mejor música de moda... hace 25 años.
La travesía hasta ahora comienza, así que mejor pónganse cómodos ya que luego de desembarcar después de dos horas en un sitio que apenas empiezo a recordar como “el Capote” hay que esperar -si se cuenta con suerte y se ha llegado temprano- un cacharro cualquiera con más de 20 años de sufrimiento por carreteras destapadas y al cual le suenan hasta las calcomanías, para que su dueño me atraque la tarifa de “el tservitcio del etzprezo patrón”. Casi una hora de recorrido hasta la siguiente parada conocida como “el Mesón”; A partir de allí tendré que subir a pié con maletas y mercado de guarniciones por un camino de herradura una trocha bastante empinada y enlodado en invierno y polvoriento en verano. En teoría son treinta minutos (a paso de campesino saludable por supuesto); pero recordemos que soy un citadino que tiene que subir hasta un altísimo tercer piso en que habito y recorrer las cinco cuadras que me separan de la avenida en donde pasa cualquier bus que requiera.
En realidad este tramo se vuele como de hora y media contando con que cada cinco minutos tengo que recoger los cien metros de lengua que he dejado a mi paso. Cómo definitivamente la nicotina ha hecho mella en mí (¡adivinen qué no traje al paseo!), comienzo a necesitarla más y más a medida que subo desesperándome por la cantidad de oxígeno que me rodea, y lo que es peor... ¡qué tiende a aumentar!
El camino se vuelve más tortuoso cuando éste e inclemente sol empapa de sudor mi ropa hasta hacerla insoportable e inmanejable convirtiéndose en otro obstáculo más en la ya dura travesía. Y por último la más traicionera de todas las trampas, aún más que la casi ridícula ilusión de desintoxicarme de la ciudad, que la del delicioso sol de estos parajes, que la del millón de piedras sueltas que a propósito saltan a mi paso para que tropiece, peor que terminar comprando maní, galletas y una ermotza manilla para mi nena.
Luego del primer centenar de metros el camino se convierte en un calvario a medida que subo, ya parezco un nazareno y hasta ahora comienzan las estaciones hacia el gólgota: Por cada casa que paso alguien me saluda con una memoria tan prodigiosa que me parece sospechosa, recordando casi con listado en mano que soy nieto de la señora Ana, que estaba en la universidad, que solo he ido por allí un par de veces y que “como ha crecido el señorón éste, hace apenas cuanto que jugaba con el Flauterio, mi’íjo; por supuesto no lo recuerdo y menos si veo a alguien con bigote y ya con dos hijos y supongo que tiene mi edad. Entonces sin darme cuenta me encuentro dentro de una adorable casucha de bahareque y guadua, rodeado por ancianos que me palmean y preguntan por cada miembro de mi familia (hasta los que no conozco, pero por la seguridad de sus palabras no dudo de su existencia); y repentinamente me encuentro agradeciendo el segundo vaso de masato, guarapo o chicha casero “pa'que le que quite la sed mijo”, agradezco los parabienes, saludo a todos los que definitivamente sí me conocen y recuerdan y continúo mi viaje con la solemne promesa de bajar en la tarde a hacer la visita correspondiente.
Como dije antes, esto es el camino del calvario, y no solo por la cruz de mi equipaje, el sudario de mi ropa, la cúspide lejana que ya no sé si alcanzaré y las sucesivas caídas; si no por estas estaciones que “en teoría” deberían proveer un descanso en mi peregrinaje, pero que en cambio hacen que al llegar a mi destino me tire de rodillas gritando al cielo “¡¿Dios mío porque me has abandonado en medio de semejante guayabo de chicha?!” . No sé cómo, si no me tomo tres cervezas en cuatro horas, si logran los habitantes de la región que consuma el equivalente a medio galón de bebida casera fermentada que milagrosamente sí me quita la sed, además de la sensación de tener dedos, brazos, piernas, conciencia. Estas bebidas son tan buenas que ni siquiera son diuréticas como si lo es la bien ponderada “pocholita”.
En verdad que tenía ilusión de verla, de que supiera que realmente quería venir hasta aquí a estar con ella y en su tierra pasando el año nuevo.
-“¡Vea cucha lo que le trajo el año viejoooooo!”-. Grito cuando ya estoy a rango de vista. Ella me ve, levanta sus cejas y sonríe apretando los labios sin saber expresar un cariño que nunca le demostraron sus padres. La abrazo con fuerza mientras la beso, me río fuertemente y recuerdo aún sin soltarla... las cosas no siempre fueron así.
Recuerdo que hacia mis siete años, mi madre me llevaba en repetidas ocasiones a la plaza en donde mi abuela tenía un tenderete de frutas y verduras al detal en una plaza de mercado en el centro de la ciudad en lo que dos décadas después se volvería el peligroso sector de “el Cartucho”. Un lugar así ya era suficiente para despertar aún más mi curiosidad ya que encontraba toda suerte de frutos de la tierra totalmente desconocidos e incomprensibles para mí; mujeres regordetas y ancianos encogidos, enjutos y muy fuertes que me mimaban y prodigaban de cuanto manjar no había probado, especialmente quesos, bananos y mandarinas que han sido siempre mis favoritos; todo iba bien hasta que regresaba donde ella, que desde lejos y de reojo, sin perder detalle al anciano de ruana y sombrero que pellizcaba su preciada papa consultando su grado de maduración. Me observaba que regresaba avaluando mi preciado botín, recibía entonces su castigadora mirada. Ni una palabra, ni un gesto... ¡Nada!, Solo una mirada altiva de un rostro curtido por demasiado trabajo y sol, como si el simple hecho de mi respiración mereciera una desaprobación rotunda y permanente, “Abuelita me regalaron dos mandarinas”, decía mientras las extendía en su dirección desde mi mínima estatura y máxima ignorancia por su desprecio. “¡No me vaya a poner sus manos puercas sobre la fruta!”.
No es necesario que extienda las conversaciones entre nosotros ni las muchas peleas por mi causa entre madre e hija cuando tuvimos que refugiarnos en su casa a causa de la separación entre mis padres. Tengo que decir algo en su favor, mi abuela en realidad no me detestaba a mí: Detestaba todo; al parecer vivía en constante amargura. Simplemente tuve la dicha de ser el depositario de sus rencores acumulados durante casi tres años bajo su mismo techo. Éste es el comienzo de nuestra perfecta relación abuela-nieto hasta donde alcanzan mis memorias.
Desde que las cosas mejoraron con ella, mi deporte favorito cada vez que nos vemos es burlarme de ella y alegrarle la vida a punta de chistes, tomarle el pelo, hacer comentarios burlones sobre la familia, ella misma, sobre mí o cualquier cosa de su conocimiento; como por ejemplo las telenovelas mejicanas y venezolanas en donde la protagonista es siempre una pobre muchacha humilde e inocente que la vida se empeña en tratar mal hasta que conoce a su príncipe azul que es realmente cuando comienzan sus problemas y termina como la cenicienta del cuento de hadas, igual pero con acento de manitos o chamos; ella las ve todas olvidando que el resto del mundo existe mientras dura su amada “franja rosa”, pero así yo no las haya visto termino adelantándole lo que va a pasar. Todo esto lo hago con el único objetivo de hacerla reír así sea de labios para adentro sin importar mis payasadas o los grandes ridículos a los que me someto por propia convicción, además ella sabe que lo hago sin la más remota intención de ofenderla; cualquier otro miembro de la familia que intente la mitad de lo que yo hago en una sola visita sale regañado con hirientes palabras que salen de la misma angelical boquita con que dice “mijo, ahí le guardé un pedacito de queso”, ¡¿Pueden creerlo?!
Ya que el entusiasmo por verla me permitió llegar primero que al resto de la caravana familiar, descargo el equipaje consistente en un morral con mi ropa y una tula con los regalos navideños de mi madre para ella. Me tomo un guarapito (que igual que antes, resulta siendo un whiskey con tres días de añejamiento y como 40 grados de alcohol), que se suman a los aún ingeridos previamente, esta vez más que antes es imposible rechazar el ofrecimiento de un segundo vaso (y mi vejiga sigue de vacaciones). Mientras hago lo posible por terminar el vaso reviso lo mucho que ha cambiado la pequeña parcela ¡tan solo en 8 años de ausencia!, hacemos el respectivo intercambio de saludos y noticias de mi madre y demás cosas. Al dejar en la cocina el vaso, descubro con si fuera un Mirò perdido un queso fresco medio escondido entre brillantes hojas de plátano, mis ojos brillan, mi expresión se vuelve angelical y suplicante a la voz de: “abue, ¿le puedo dar un pellizquito al queso?”, ella se acerca, no hay nadie más pero igual debe quedar en secreto y susurra “lo hice esta madrugada con la poquita cuajada que conseguí”, y pellizca solo para mí un trocito como de... un cuarto, degusto hasta el suero que me queda entre los dedos y mientras lo hago, escucho al resto de familiares que llega ruidosamente, lo cual me da tiempo suficiente para cubrir cualquier rastro de nuestra egoísta fechoría.
Mientras la observo como atiende a toda la familia con una energía que a estas alturas yo ya no tengo y sabiendo que se levantó a las 3:30 a.m., no dejo de sorprenderme como es que a la mitad de sus 70’s y luego de lo mucho que ha pasado es que la veo tan rozagante y hermosa como nunca pensé que la vería.
Hace 7 años, recién estoy terminando de almorzar en un restaurante cercano a la universidad y me alisto para asistir a la siguiente clase. Suena el celular, es una tía:
-¡Quiubo tía, que milagro!
-Chino, la abuela tuvo un infarto, estamos en la Shaio
Media hora después y aún sin comprender me encuentro en un pasillo con algunos familiares que me explican que aunque fue falsa alarma tuvo una falla cardiaca por la edad, que aún no se sabe nada pero que le van a hacer todos los exámenes respectivos. Una semana después se confirma que se le debe hacer el cateterismo y esperar a que se reponga... si Dios y la medicina moderna lo permiten. Tres meses después se confirma que hay que ponerle marcapasos ya que no aguantaría un segundo infarto en tan poco tiempo. Donando sangre hago un repaso de lo distanciados que siempre hemos estado luego de sentir su constante desprecio y entender que en realidad no era culpa mía y que decidí desistir de jugar a la abuelita y el nietecito. Aún así somos familia, y admito solo para mí mismo que estoy aquí en representación de mi madre por encima de convicción propia. No la odio, simplemente correspondo con su indiferencia.
Otro día nuevamente suena el celular:
-Mijo, ¿será que usted puede acompañar a la abuela a la cita?, es que tengo una reunión y no hay nadie más disponible.
-Claro, tengo una clase pero puedo faltar sin problema.
Comencé a acompañarla a las citas y otras cosas cuando tenía tiempo alternándome con otros familiares; y así lentamente pero en poco tiempo comencé a conocerla, a desentrañar el miedo que se escondía en sus ojos por una muerte que parecía ya corresponderle, a ver como fue que en su desesperada lucha por la consecución del pan diario para ella y su manada de hijos olvidó que eran una familia y ella una mujer y que principalmente necesitaban afecto, pero el hambre y las quejas de 8 muchachos hace olvidar que se tiene una vida y aún que el cielo es azul. Solo quedó tiempo para trabajar y llorar en la soledad de las madrugadas.
Mi abuela es una persona en realidad muy difícil, aún los familiares que la visitan varias veces a la semana cuando se encuentra en la ciudad me preguntan en secreto que ¿Cómo le hago para que no me diga ni media palabra, ni me haga ningún gesto con la cantidad de cosas que digo solo para molestarla o burlarme de ella?, ”No sé tía, solo trato de hacerla reír”. No sé si lo logre, pero trato de hacer que hable, que me cuente lo que quiera, de contarle cosas personales que no saben ni algunos amigos íntimos; eso sí, nunca la he hecho sentir como que le tengo lástima o cariño por tiempo ni compromiso. No es así.
Como después de la operación comencé a pasar tiempo sucesivo con ella (cosa que jamás había pasado), y ya estoy grandecito, por no decir viejo; creo ver en ella la angustia que se debe sentir el pensar que se va a entrar a una sala de cirugía pero que no hay certeza alguna de que salga con vida. Esa etapa fue valiosa para mí porque me di cuenta de quién realmente era ella, algo que ni sus propios hijos lograban ver con facilidad y fue cuando comenzó mi etapa de bufón. La depresión postoperatoria podría conducirla a la muerte con más facilidad que cualquier dolencia. Así, comencé a llevarla a citas en medio de bromas y tonterías. Hoy ya plenamente recuperada de su padecimiento, pero con la conciencia de que en cualquier momento pueda partir, salgo con ella cada vez que tengo ocasión y la llevo a algún centro comercial a ver vitrinas a “alcahuetearle” comidas prohibidas por su estado. Café capuchino (le encanta), pollo asado “pero sin el pellejo abue, yo me sacrifico solo por usté y me lo como”, y otras cosas por el estilo.
Ya en medio de la reunión familiar me entero que preparó los más auténticos tamales tolimenses y que estarán en poco tiempo (será mejor que mi vejiga trabaje sí quiero dar buena cuenta de al menos unos dos). Como soy amante de la cocina, le indago desde la crianza de los pollos hasta la preparación de las hojas de plátano que los albergarán. Yo me conozco a mi abuela, así que le pregunto en secreto que tiene de particular el hilito rojo en el amarre de cierta cantidad de tamales “esos son los especiales mijo”, ya lo imaginaba “me dará uno de esos, ¿no cucha?”.
Definitivamente sí eran especiales, para casos de platos especiales siempre tengo una reserva de estómago preparada para otras dos porciones, pero esta vez me toca respirar y comer despacio a ver si termino el primero. “Cómase el otro mijo”. Ya quisiera yo. Le digo a mi abuela que mejor me guarde mi segundo tamalito especial para traerlo conmigo al regreso y me dice que tranquilo, que ya lo tiene escondido en la nevera... mientras me está sirviendo el segundo; tocó de nuevo sacrificarse por la causa, y me lo como muy a mi pesar a nombre de mi madre que no está hoy con nosotros.
En los seis días que pasé allí, definitivamente confirmé que mi abuela estaba cebándome para sacrificarme a mí en algún festín próximo con los vecinos, me daba de comer especialmente a mí como si fuera un raquítico escuincle que no ha probado bocado en su vida (seguro que a mi llegada habré subido un par de kilos al menos).
Es igual que cuando la visito en su casa de la capital; ahora ya me preparo para hacerle la visita al medio día y ni siquiera desayuno previamente.
-¿se toma un cafecito?.
-No abue, de verdad que ya almorcé.
“Solo un cafecito” me dice mientras aprieta sus ojos en tono de consentida-consentidora y me sirve efectivamente un cafecito con leche, carne asada, arroz, huevo frito (de gallina campesina por supuesto), yuca, pan, queso campesino y para que lo baje bien: un vaso de coca-cola bieeen fría. Nunca duermo de día, pero es imposible visitarla y no terminar acostado a su lado y dormirme una siestica entre novelas en una cama en la que todos caemos redonditos (literalmente por la comida), y comenzando a padecer el sentimiento de culpa por el kilo de más ganado en esa tarde.
Complementando esto, cada vez que hay cualquier tipo de reunión familiar, o a su regreso de la finca siempre me da algún “guardado” especial, ya sea una presa más grande, una segunda porción o algo por el estilo, solo por esto afortunadamente no vivo con ella o de verdad que ya estaría rodando; y como prueba tengo a mi primo Steven de 12 años que si la visita con mucha frecuencia y que también es su otro nieto favorito (El pobrecito fácilmente no necesitaría comer hasta que terminara su bachillerato).
Celebrando el año nuevo nos reunimos con los campesinos vecinos para tomar unos tragos y departir mientras bailábamos; ya sabemos que la abuela es bien taciturna y reservada, además de mañosa y jodida, así que para molestarla aún más la saco a bailar tan pronto suena música carranguera, que es de la región; al principio hace caras pero ella sabe que no me doy por vencido y acepta (gustosa en el fondo, eso lo sé yo), seguimos la fiesta y comenzamos a susurrar entre los familiares cuando descubrimos como sacó a bailar a algún vecino por iniciativa propia. Para escenas como ésta es que vale la pena vivir. También me doy cuenta que ya lleva su cuarta copita al escondido de crema de whiskey, pero son la clase de cosas que jamás le reprocharía como no fuera en broma. Sea el tiempo que fuere que le quede, seguiré tratando que sea el mejor de su vida.
En alguna de esas conversaciones cuando comenzamos a acercarnos, salió a flote alguna historia o conflicto familiar que ella suspendió de inmediato; una de esas cosas que se supone que yo no debería saber, pero como yo sé atar cabos y sé que ella es de confianza, completo la historia con lo que ella no sabía, así comenzó un intercambio de historias todas dentro de solo dos generaciones, crónicas tan inverosímiles que siendo por completo reales hacen honor al realismo mágico de Isabel Allende o al propio García Márquez. ¡Ay!, si mi familia supiera las historias que conozco de ellos de seguro los tendría comprando mi silencio con cualquier cosa. Pero para lo único que las quiero en mi haber es para tener cosas que comentar con mi viejita.
Este paseo lo he aprovechado para renovarme no solo espiritualmente, si no para recordar que tenía músculos que no se fueron junto con los dientes de leche, así que para el segundo día ya tengo adoloridos todos mis citadinos músculos mientras que ella se levanta a las 4:30 y va de un lado a otro todo el día, con calma pero sin prisa. Las temporadas que pasa en la finca hacen de ella otra persona a la que visito cuando está en la ciudad, acá la veo activa, despierta, morena, dueña de su territorio, de vuelta a sus raíces.
En la capital la noto más encorvada, aletargada y aburrida. Sin embargo ya no puede pasar mucho tiempo ni en un lado ni en el otro “vieja vagabunda, ¿ya volvió? Y esta vez ¿si me va a hacer la visita y quedarse conmigo unos días?, ¡Claro!, como se mantiene paseando...”, estas suelen ser mis segundas frases cuando me llama a su regreso. Aunque la extrañe prefiero que se tome sus temporadas largas en la finca que le hacen más bien que sus dos aspirinitas y la otra pastilla al día. Claro que cuando llega no se deja ver los primeros días hasta hacerse su corte y tinturado de cabello, manicure y pedicure y otros detalles de vanidad propios (y particulares en su estilo) en las mujeres de mi familia.
Así entre risas e historias de la región transcurrieron los días en compañía de mi familia y especialmente “la cucha-Rita”, como le digo yo, por la canción carranguera que se llama “la cucha-rita se me perdió”. Los abrazos y los besos no se hacen esperar a la despedida y me encajo de nuevo en mi equipaje, esta vez el triple de pesado, no solo por la suciedad de la ropa, sino por el mercado que llevo que incluye limones, yuca, plátano, banano, mamey, mango, guanábana, caña de azúcar, huevos y por supuesto: mi tamal reservado, que fue el único que se salvó de la masacre del año nuevo.
Hoy me siento solo a disfrutar de una taza de café del que mi cucha literalmente hace (porque es ella quien plantó, cuidó, cosechó, descascaró, benefició, tostó, molió y empacó solo para la familia); del cual mis amigos sea aprovechan al hacerme visita. Reviso línea por línea las pocas cosas que he escrito de ella y solo atino a ver su tímida sonrisa y sus pequeños ojos oscuros cuando espontáneamente me abrazó, besó y dio la bendición a mi despedida. Son muy pocas las cosas que he dicho de ella, pero es mejor así, aún me queda mucho tiempo para conocerla, comprenderla y disfrutarla; y es precisamente ese misterio el que me gusta observar en sus silencios, esa es la abuela que yo quiero, “la cucha rita”, en nuestro pequeño romance con final feliz.
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